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¿Viajar
solo?
A continuación
podrás leer un texto que hace unos años descubrí
en una revista. Es de Jaume Bartrolí. Yo lo conozco por sus
artículos en la revista Altaïr.
Creo que describe muy bien sensaciones que yo he tenido, tengo y
espero seguir teniendo en otras aventuras. Ahí va:
"El
avión. Otra vez. Adiós a la casa, a la familia, a
la ciudad. Delante, la promesa de lo nuevo, del descubrimiento perpetuo,
pero también de lo desconocido. Encerrado en la cabina, apretado
en el asiento a ocho mil metros de altura sobre la tierra y el mar,
me alcanza otra vez la nostalgia que me invade cuando emprendo un
viaje; y el miedo.
Hasta el momento antes de partir, era el deseo de iniciar la ruta,
la ilusión del nuevo continente que iba a descubrir. El avión
se separó del suelo y es entonces cuando llegaron las dudas:
¿y si tengo un accidente? ¿y si enfermo, solo y lejos?
Flotando entre las nubes apunta la idea de la muerte. Desde alguna
entraña recóndita crece un ligero desasosiego por
el riesgo que quizás se correrá. Hay un recuerdo para
los que quiero y dejo atrás. La mente repasa las incomodidades
que habrá en el camino; otra vez despertar en camas extrañas,
incómodas; otra vez cuartos y baños comunitarios,
madrugar para coger un autobús, vagabundear sin reposo hacia
aquí y hacía allá; otra vez meses y meses de
vivir con el peso de la mochila a cuestas, sudar, coger trenes y
autobuses, comer mal, calor y frío. Y nace el autorreproche
de cada partida: ¿por qué no me quedé en casa?,
¿por qué no me conformo con lo que tengo en vez de
siempre salir a buscar más?, ¿por qué no soy
como la mayoría, como los demás?... Es el miedo de
la salida. Un miedo que el viajero sufre en soledad.
Cada viaje nuevo es así. Alza el avión su vuelo, o
el tren su repiqueteo y ahí está ese sentimiento de
inseguridad, de cansancio presentido, de tristeza, de nostalgia
que me invade al partir, antes de llegar al otro extremo del avión
o tren y comenzar realmente el viaje. Es una sensación de
desasosiego y miedo ante la incertidumbre, que luego desaparece
y se olvida totalmente cuando ya recorro los caminos, incluso en
momentos de algún peligro real. Es un sentimiento de inicio
de viaje, pasajero pero indefectible.
Todo viajero sabe de la soledad. La ha experimentado muchas veces;
en las partidad, en el camino, en las despedidas de amistades intensas
pero breves, tras la emoción del reencuentro... pues el viajero
es un extraño allá por donde va y, con el tiempo,
también al retorno entre los suyos.
La nostalgia invade al que parte para un largo viaje. Mira a sus
vecinos de asiento: unos desconocidos. Apenas sí ha intercambiado
alguna palabra con ellos. Pide una naranjada a la azafata; una comodidad,
un lujo que pronto le faltará, y piensa en la nevera llena
de su casa. Se pone los auriculares. En el canal musical encuentra
a Supertramp. Tiene suerte. Es la canción que en casa escucha
cuando está deprimido 'Dreamer' una música vital que
siempre que la oye le alegra y le anima a silbar. El viajero se
encuentra repentinamente reconfortado por una felicidad solitaria
y esboza una sonrisa silenciosa. Sí, verá tanto, tantas
cosas que los otros que se quedaron atrás -con las comodidades,
con la certeza del futuro sin sorpresas, con la nevera llena, con
la familia y los amigos- se perderán... Vale la pena pagar
el precio.
Y con la sonrisa que inconscientemente alumbra en los labios, comienza
a sentirse solo. Lo estará prácticamente durante todo
el viaje. La verdad es que ahora no le importa demasiado. La soledad
sólo hace sentir su terrible peso en los malos momentos:
en la enfermedad, en el frío, en el hambre y en el miedo.
¿Qué viajero no ha sentido, postrado en una cama,
invadido de fiebre, agotado por vómitos y cólicos,
vencido en la enfermedad de su cuerpo? ¿O bien en el vacío
de un desierto o una montaña, esperando algún ser
humano que lo recoja y transporte hacia lagun aparte?¿O en
algún ambiente hostil, de miradas impenetrables y silencios
pesados? ¿Qué viajero no ha sentido esa otra soledad,
más nostálgica, triste y al tiempo feliz, tras recoger
la correspondencia en una lista de correos a la ciudad a la que
acaba de llegar, escoger qué cartas leerá primero
y comenzar a disfrutarlas una a una?¿O la otra soledad, la
desilusión de encontrarse que ninguna de las cartas que ansía
desde hace semanas le está esperando?
Pero hay otra soledad que, sin embargo, sí ama: la soledad
en el descubrimiento, que es la que permite maravillarse ante algo
nuevo e impensado, ante esa tormenta de rayos y truenos sobre le
Himalaya, hasta este mar azul profundo hasta la exageración
embravecido por el viento, espumoso de oleajes, que bate los acantilados
de Queensland; ante ese concierto de rojo, oro y azul, de luz y
sombras, de una puesta de sol inacabable sobre los Mares del Sur,
ante el crujir de la nieve en el bosque de Alaska a veinte grados
bajo cero, ante el viento que llega recorriendo sobre el desierto
australiano y se estrella contra la cara trayendo el amanecer sobre
la roca de Uluru; ante la amistad noble de algún refugiado
afgano; ante la lluvia otoñal de mariposas blancas de Nicaragua;
ante la vida; gente, colores, ruidos, olores del bazar de alguna
población del Turquestán...
Hay quienes preferirán disfrutar estos momentos con alguien.
La compañía transforma los sentimientos que pueden
despertar. Compartir esos pequeños grandes momentos hace
inquebrantables un amor o una amistad, o los rompe para siempre.
Pero es solamente en solitario que se gozan en toda su intensidad
y se entienden en toda su infinitud, sin sentimientos paralelos
que se ensalcen o crezcan; son instantes que sólo la soledad
permite abastar en toda su enormidad y reflexionar para obtener
las consecuencias pequeñas o grandes que hacen que nadie
vuelva a ser igual... Sólo la soledad, sin comentarios, sin
nada que lo distraiga, sin ninguna atadura al pasado que le recuerde
a su otro espacio/tiempo el de origen permite al viajero alcanzar
las cimas de su viaje.
El viajero conoce bien su soledad, y sabe que cuando aterrice y
a través de las ventanillas vea el color y la luz nuevas
de un mundo nuevo, todo el temor le abrá abandonado, y la
soledad será su inseparable, buena compañera.
Jaume Bartrolí
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