EL AROMA DE DURIÁN

Un día paseaba por un mercado de frutas y llegó a mi nariz uno de los olores más penetrantes y fuertes que jamás había olido. Los mercados de fruta de Singapur, como los de muchos países tropicales, concentran una cantidad y calidad de fruta inmensa, y, salvo por algunas excepciones, muy diferentes a las nuestras. Es así que en un primer momento no solo mi olfato se vio aturdido, sino también mi vista ante los colores y formas tan diferentes que se presentaban. Pero después de unos instantes, mi nariz no tuvo problemas en discriminar, entre aquella orgía de olores, el que destacaba por encima de los demás. A primera vista aquel fruto parecía de lo más inocente. Tenía el tamaño de una sandía, de color verde claro y tachonada de decenas de puntas coriáceas. Pesaba bastante y su estado de maduración debía estar en su máximo apogeo ya que alguna grieta que otra dejaba ver un interior color crema, parecido al de un calabacín. Por esos orificios se escapaba una aroma fétido, como el de un perfume concentrado que, a pesar de saber que es bueno, hace falta diluirlo para apreciar su verdadero aroma. A pesar de tenerlo en mis manos no lo compré. Ahora me arrepiento pero en aquellos momentos no era lo que mi estómago necesitaba, teniendo tantas y tan variadas frutas para elegir, por lo que me decidí por unos lichis.
Los que lo han probado dicen que a pesar de su olor, el sabor es mucho más suave, cremoso como un aguacate, y con bastante pulpa. De todas formas, el durián, nombre por el que es conocida esta fruta, recibe le sobrenombre de la fruta infame. Sus detractores la odian tanto como la aman sus defensores, pero una característica la define: no pasa desapercibida. Hasta tal punto es conocida su fama que en Singapur está prohibido llevarla en el transporte público y en los taxis. Tal vez para no provocar discusiones entre quienes la defienden y quienes les gustaría que, como los chicles, fueran un producto prohibido en el territorio.

Recuerdo de la guerra

Tras la entrada de Japón en la II Guerra mundial, los países de su entorno fueron siendo conquistados sin mayores problemas por los soldados del Imperio del Sol Naciente. En aquellas fechas muchos de aquellos territorios asiáticos eran colonias o protectorados de países europeos. Después de Tailandia cayó Malasia y al final de esta península se hallaba la Singapur británica, y después la Indonesia holandesa. Los británicos prepararon una defensa titánica del territorio con soldados de Gran Bretaña y Australia. Parecía una fortaleza inexpugnable. Sin embargo la ocupación militar nipona se produjo en apenas unas semanas, abriendo la llave del pacífico sur a éstos y provocando la caída de miles de muertos y prisioneros. La antigua prisión de Changui, donde actualmente se encuentra el aeropuerto de Singapur, ha sido rememorada en un museo que recuerda los implacables métodos carcelarios de los japoneses con la población civil y con los POW (Prisioner of War) británicos, muchos de ellos llevados a la antigua Birmania (actual Myanmar) para construir la línea de ferrocarril que se haría famosa por la película “El Puente sobre el río Kwai”.

Otro encuentro santo

Teniendo tan cerca Malasia, un país musulmán, fuerte económicamente y lugar de llegada de los inmigrantes tailandeses, filipinos e indonesios que la rodean, decidí visitarla. En un día atravesé la frontera en un autobús de guiris que nos habría de conducir unos 300 kilómetros al norte, hasta la ciudad de Malaca, que da nombre al estrecho, importante vía de comercio mundial.
Esta antigua ciudad portuguesa y después holandesa, fue también hogar durante meses de san Francisco Xavier, ya que allí predicó su fe cristiana como misionero jesuita.
Tras su muerte, a punto de penetrar en territorio chino, y después de estar en Japón, entonces llamado Cipango, su cuerpo fue transportado a Malaca, en cuya iglesia estuvo enterrado unos meses antes de viajar a Goa, en la India, donde actualmente puede ser visitado (está incorrupto). El bueno de Francisco Xabier, viajero hasta después de muerto. En los restos de aquella iglesia me encontraba yo, donde solo sobreviven las cuatro impresionantes paredes, algunas lápidas de marinos holandeses y un agujero situado donde debiera estar el altar. Allí, los musulmanes que visitan como turistas la ciudad, echan monedas y leen con curiosidad una placa donde se narran las peripecias del santo católico.

Un video para un muerto
Uno de los ritos más curiosos que pueden ser presenciados en Singapur es el de la ceremonia de culto a los muertos que la mayoría china practica. Los cuerpos son incinerados y se les recuerda por medio de unas pequeñas tablas con una fotografía. Centenares de ellas se exponen en vitrinas, en lugares destinados para ello. Además, periódicamente a lo largo del año, los familiares les rinden recuerdo por medio de ofrendas. Éstas consisten en frutas, comidas elaboradas y bebidas. Pero la parte más curiosa es la de los objetos de imitación. Televisiones, videos, coches en miniatura, joyas y relojes, y papeles en los que hay impresas cifras astronómicas representando dinero. Todo es de mentira, pero creado con gran realismo. Su destino será arder en una edificio destinado para ello del que no para de salir humo. Y es que hasta que no se convierten en ceniza no pasan a ser propiedad de los muertos, que al parecer, necesitan de todos los bienes con los que disfrutaron o le hubiese gustado disfrutar en vida. Un paraíso muy materialista ese.