| Pekin
(1 de julio 2002)
El
pájaro amaestrado
Al
abandonar el Templo del Cielo, por su salida sur, eran las dos de
la tarde y el calor apretaba como nunca. Debíamos estar a
unos 35ºC, por lo que los chinos dormitaban en un pasadizo
construido con cemento y madera que se adentraba en el jardín
exterior del monumental recinto.
En aquel momento vi a un vagabundo con un extraño objeto
a su lado. Había visto otros similares que eran portados
por gentes que, por su aspecto, tal vez fuesen también vagabundos.
Era una especie de caja de sombreros gigante, pero tapada, que no
identifiqué. Aquel hombre levantó la funda y un pequeño
chirrido surgió de su interior. Era una jaula, y un extraño
pájaro, como yo nunca había visto, saltaba por los
diferentes apoyos sin asustarse por la presencia de su dueño
o de las otras personas que comenzaron a mirarle.
Aquel vagabundo, un poco sucio, de unos 65 años, que lucía
una indumentaria tipo Mao, abrió la puerta de la jaula, construida
enteramente de madera, y metió su mano con el dedo índice
estirado. Como un gesto mil veces repetido, el pájaro se
apoyó en el dedo y esperó. El hombre pasó un
extremo del hilo que tenía atado en su apéndice por
la pata del animal, y lo sacó de la jaula.
El pájaro canturreaba en medio del calor y miraba curioso
en todas direcciones. Entonces, su dueño sacó un billete
del bolsillo, lo dobló cuatro o cinco veces y situándolo
en su mano libre lo colocó lo más lejos que pudo el
ave. Ésta, en cuanto se dio cuenta, echó a volar en
dirección a la mano del dinero y lo agarró con su
pico, como aquel hombre, sin duda, le había enseñado.
Esa era su forma de mendigar.
Pensé que tal vez los vagabundos chinos amaestraban ese tipo
de aves y las llevaban como mascotas y así, no sólo
les dan compañía, sino que forman parte de su sustento
diario.
Decepción
en la Ciudad Prohibida
La estructura pétrea de murallas y suelos debe ser lo único
que se mantiene a lo largo del tiempo en este basto complejo residencial
conocido como la Ciudad Prohibida. Tal vez el caluroso día
u otras circunstancias hicieron que la impresión que me llevé
sobre ésta y otras atracciones monumentales de la ciudad
fuese un poco decepcionante. Por supuesto que hay que verlo... pero
le falta algo, tal vez el encanto de pensar que los propios chinos
lo consideren como algo que les pertenece en lo espiritual. Pero
después de ver hordas de turistas chinos, tirando papeles,
ensuciando las vitrinas con sus dedos, gritando... A la vez, procuran
que todo esté muy limpio, muy cuidado. Demasiado. Pero reitero
que le falta algo que sin duda tuvo y se ha perdido. Tal vez esto
se deba al hecho de que la mayoría de los edificios sean
reconstrucciones. La arquitectura era principalmente en madera lo
que ha propiciado que a lo largo de los siglos hayan ardido varias
veces.
Para el visitante que vaya por libre, es mejor que se lea antes
alguna guía ya que casi todas las explicaciones están
en chino, y tampoco podrá preguntarles a las personas que
cuidan cada una de las estancias, cuál era su uso y función
dentro de la ciudad.
¿Quién
mira a quién?
Tras unos días en China, uno se da cuenta de que es el centro
de atención de sus habitantes. Le miran cuando pasa por la
calle, sin pudor ni contemplaciones, se le acercan para cotillear
dentro de la mochila cuando uno busca algo en su interior... Pero
en ciertas ocasiones uno tiene la sensación de ser algo más
que una persona que despierta curiosidad, para convertirse en una
cosa que despierta curiosidad. Estas situaciones se producen cuando
la madre le señala a uno mientras le dice a su hijo algo
así como: ¡Mira niño, que animal más
curioso, se parece a nosotros, salúdale! Y el niño
obediente suelta un ¡Hello!, única palabra extranjera
que el 90 por cien de chinos sabe decir. Otras veces la cosa va
a mayores, cuando sin contemplaciones se acercan hasta una turista
con el pelo rubio y se lo tocan, como si no pudiesen creer que fuese
algo natural.
Yo
escupo, tu escupes...
Una de las costumbres que más sorprenden al viajero occidental
es la facilidad y el poco pudor con el que los chinos y chinas escupen
en público. Poniéndonos un poquito escatológicos
se puede decir que los tipos, formas y colores de los escupitajos
no son definidos, y que cada uno desarrolla esta faceta de la forma
que quiere. Supongo que será algo similar a cómo se
suena uno la nariz, bueno, cada uno lo hacemos como nos es más
cómodo.
La consideración a la hora de escupir existe porque uno nunca
es alcanzado por los sputniks, pero todo lo demás vale. Desde
escupir en una sala de espera, en una moqueta o por la ventanilla
de un taxi (todo esto comprobado por mí mismo). El escupitajo
que más me sorprendió de mi estancia china ocurrió
en el parque de Jingshan, justo en la entrada norte de la Ciudad
Prohibida. Allí hay una serie de colinitas con un templo
en lo alto de cada una. Se trata de la única elevación
natural en muchos kilómetros, y la vista, si la polución
lo permite, es excelente. Me hallaba yo en uno de estas cimas y
encuentro a un acordeonista tocando mientras dos cantantes (chicas)
entonaban las más exquisitas melodías. Entre canción
y canción, de una de aquellas dos portentosas gargantas comenzó
a surgir un rugido tipo león de la Metro. Tras unos cinco
segundo lanzó, delante del numeroso público chino
presente, un espeso esputo que se estrelló con fuerza contra
el suelo. La miré a ella, miré a los espectadores,
pero nadie pareció sorprenderse. Me reí por dentro
y seguí mi camino en busca de nuevas y más agradables
sorpresas.
Más
consejillos
Para quienes os acerquéis hasta ese increíble lugar
de nuestro planeta, puedo ofreceros algunos consejos recogidos tras
mi corta pero intensa experiencia en Pekín. Uno de los asuntos
que más suele preguntar la gente es por el precio de la vida
allí. Primero hay que saber que en alguna ocasión,
sobre todo al principio, vamos a ser "timados" por los
espabilados de siempre. Hay que saber que el país abolió
oficialmente la política de doble precio de las cosas y servicios,
aunque algunos la mantienen extraoficialmente.
Otra situación a tener en cuenta, sobre todo en mercadillos,
y puestos de la calle, es que funciona el regateo. Yo compré
una gorra de las olimpiadas por 10 yuanes cuando el precio de salida
eran 25.
Lo más caro, con diferencia, de vuestra visita a China será
el billete de avión. El alojamiento es barato. Mi hotel,
habitación compartida para tres personas, baño y aire
acondicionado, costaba unos 7 € al día. Una comida más
que decente salía por unos 2.5 a 3 €. El transporte
también es barato, aunque hay muchos tipos y clases, sobre
todo en los trenes.
Hablando de trenes. Comprar un ticket en las estaciones de las grandes
ciudades es una Missión Imposible. Os recomiendo preguntar
en vuestro hotel o en la recepción de uno de los grandes
hoteles de la ciudad. Ellos os orientarán aunque os cobren
un poco más por el billete.
Y enlazando con esto os puedo decir que los chinos desconocen el
concepto 'Hacer cola', por lo que en todo tipo de ventanillas expendedoras
de cualquier servicio que necesitéis, y que estén
solicitadas por más de tres personas, tendréis que
armaros de valor, y sacar codo para acercaros hasta la misma, una
vez allí, intentar haceros entender, con la mejor de vuestras
sonrisas, pero nunca ceder el sitio o recuperarlo será un
arduo trabajo.
|