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RUMBO
A LA ESTEPA
Puntualmente,
una mañana de verano nos montamos en aquel jeep ruso, un
UAZ totalmente mecánico. Se trata de un todoterreno muy práctico
en ese país sin carreteras. Creado en conmemoración
de Lenin, cuyo apellido era Ulianov, en una ciudad bautizada con
el mismo sustantivo. Era el preferido de los mongoles, por encima
de los más modernos y capaces jeeps japoneses o coreanos,
ya que estos al estar compuestos por innumerables piezas electrónicas
no son de utilidad cuando en medio de la nada se rompen y no hay
otra forma de repararlos que acudir a un servicio oficial a reclamar
la pieza averiada.
Los primeros 150 kilómetros transcurrieron por una carretera
mal asfaltada. Después, Bilga nos comentó que ya no
veríamos carreteras durante un par de días. Algunos
camellos, ovejas, pastores fueron apareciendo en el paisaje. Estábamos
en la Mongolia que queríamos ver, en la Mongolia auténtica.
Pronto comprobamos que la amortiguación del UAZ no era su
punto fuerte, pero la pericia del conductor nos llevaba casi siempre
por la parte del terreno más fácil. A veces, esto
era imposible. Nuestras cabezas chocaban contra el techo en una
sacudida que dolía más en lo físico a Reparaz
y James, por ser más altos, y en lo espiritual a Bilga, pues
el jeep se había convertido en un apéndice más
de su cuerpo y soltaba pequeños gemidos a cada golpe no esperado.
Tras unas horas de viaje llegamos uno de los innumerables Ovoos
que habríamos de encontrarnos en el camino. Hechos de montones
de piedras o ramas, siempre de forma circular, se sitúan
en puntos señalados de las vías de comunicación
como cruces de caminos, puertos de montaña, paisajes singulares...
Los ovoos son hitos religiosos. Hay que rodearlos tres veces en
el sentido de las agujas del reloj y las numerosas botellas de vodka
vacías nos hicieron pensar en el gusto alcohólico
de los espíritus que supuestamente los habitan. Además,
varias cintas de oraciones azules estaban colocadas debajo de piedras
y atadas a algunas ramas. ..
La
rutina de los días
Cada día recorríamos entre 250 y 300 kilómetros,
empleando para ello unas 9 ó 10 horas, por lo que el amable
lector podrá fácilmente calcular la velocidad media
de nuestro jeep. Rotábamos los puestos para poder ver el
paisaje de atrás o de la parte delantera, esta algo más
incomoda. El polvo entraba cuando nos cruzábamos con otro
coche, a veces cada hora, a veces cada cinco. Cuando el canario
nos pedía un cambio de agua o cuando veíamos un paisaje
señalado Bilga paraba y estirábamos las piernas.
Al oscurecer, buscábamos un terreno llano, alejado de las
tiendas y los perros de los nómadas y allí montábamos
nuestro campamento. Dos tiendas de campaña para los guiris
y un cómodo asiento de atrás para Bilga, ¡¡Y
el tío dormía con las puertas abiertas!! Las comidas
se limitaban a un desayuno, galletas y porquerías durante
todo el día y una suculenta cena a base de arroz o espagueti.
Un día encontramos huevos y patatas y Repa y yo hicimos nuestra
primera tortilla de Patata. Lo cierto es que salió exquisita
pero no comentamos nada a nuestros invitados, convencidos ellos
de que éramos expertos cocineros y que lo de hacer una tortilla
nos venía poco menos que de nacimiento...
¿Y
el precio?
Viajar a Mongolia no es fácil. Los interesados deben saber
que desde Europa tan sólo hay vuelos directos en Frankfurt
con Lufthansa y Miat (líneas aéreas de Mongolia).
La otra manera es coger un combinado con Moscú o Pekín,
pero la broma sale demasiado cara. Las opciones son viajar precisamente
a Pekín o Moscú, y desde allí alcanzar Mongolia
en tren. Hay
que tener en cuenta que en verano este medio de trasporte está
masificado y conviene comprar los billetes con antelación...
aunque siempre hay opciones, como veremos dentro de un par de capítulos.
Un vuelo a Moscú ida y vuelta sale por unos 300 euros, 100
más el transiberiano y otros 500 el vuelo directo Pekín-Madrid.
En Mongolia el alquiler de un Jeep, más la comida, sale por
unos 40 euros diarios.
Un saludo y nos encontramos en el próximo número.
El encuentro
con los Tsatan
Conforme íbamos subiendo hacia el norte del país el
terreno se volvía más verde, algo montañoso
y la aparición de árboles, sobre todo pinos, era cada
vez más frecuente. Por fin, el tercer día por la mañana
llegamos hasta el parque nacional del lago Hovsholl. Se trata de
un inmenso lago de 136 kilómetros de largo por 36 de ancho
y más de 100 metros de profundidad media. Se ha calculado
que en él puede encontrase entre el 1 y el 2 por ciento del
agua dulce del mundo. En invierno se hiela más de un metro
y los camiones lo utilizan como vía principal.
Bastante cansados afrontamos la última parte del recorrido,
hasta la orilla de lago, donde plantamos nuestra tienda, junto a
una manada de yaks. El lugar era de postal. Vegetación y
animales en un entorno en el que el agua era protagonista. Un paraíso
para montañeros con grandes cimas de más de 2000 metros
y la posibilidad de conocer a una de las más fascinantes
tribus de Mongolia, los Tsatan.
Antes de realizar este viaje había leído un libro
de Txema Rodríguez, titulado “El diente de la ballena”
en el que este viajero narra su particular aventura en busca de
los últimos componentes de esta tribu no mongola, única
por criar renos en vez de yaks, ovejas o caballos. Al parecer, para
poder llegar hasta ellos, hay que atravesar esta zona montañosa
en caballo y alcanzar el lago Tsatan, en lo que se emplean varios
días. Según sabíamos, una familia se había
acercado años antes hasta el Hovsholl atraída por
el incipiente turismo que visital lago desde que fuera declarado
parque nacional.
Dejamos de la mano de nuestro guía, Bilga, el informarse
detalladamente sobre su localización y el cómo llegar
hasta ellos.
Nosotros pasamos el resto del día descansando, poniendo al
día nuestros diarios, y James, nuestro compañero inglés,
tratando de pescar algo con la caña que traía desde
que iniciara su particular viaje en Lagos, Portugal. Al final de
la jornada habíamos alquilado tres caballos y un guía
para acercarnos, al día siguiente, hasta un monte situado
a unos 15 kilómetros, donde habían visto por última
vez la tienda Tsatan...
Caballos
2-Reparaz 0
A las 10 de la mañana apareció nuestro guía.
Parecía rondar los 70 años. Arrugado y castigada su
piel por el sol veraniego y el frío del invierno,
nos sonreía mientras nos invitaba a elegir uno de los tres
équidos que había seleccionado para nosotros. Reparaz,
experimentado en las lides ecuestres se inclinó por el corcel
del trío, un caballo joven y grande. James, por cuestiones
de tamaño escogió el más grande de los que
quedaban y a mí me quedo el más “experimentado”.
Nada más poner su culo en la silla, el brioso animal de Reparaz
salió al galope y el mío, seguramente acostumbrado,
le imitó. Así pues, pasé de no saber como subirme
a un caballo a ir al galope. Afortunadamente pude pararlo antes
de matarme, mientras veía como la caballería de mi
compañero hacía extraños con los cuartos traseros
y el pobre Mikel salía despedido contra el suelo. Un cuadrilla
de mongoles reía sin disimulo por el desafortunado incidente.
Supongo que en ese país caerse del caballo debe ser algo
así como que se te cale el coche cuando todos están
a la expectativa de ver cómo lo arrancas.
Salimos por fin rumbo a la montaña. Nuestro guía sujetaba
a la fiera que montaba Repa y este se moría de envidia mientras
el inglés y yo manejábamos a nuestro antojo los caballos
que nos habían tocado. El terreno se fue empinando. Atravesamos
un bosque, una pequeña garganta y desaparecieron los árboles
debido a la altitud. Casi en la cima se divisaba una mancha blanca
que conforme fuimos acercándonos se convirtió en una
tienda india, un tipi. Resulta que los Tsatan no viven el los típicos
ger mongoles, sino en este tipo de casas móviles por las
que son conocidos.
Nos acercamos despacio, temiendo a los perros. Una manada de renos
pastaba y corría por la ladera y se acercaba poco a poco
hasta la tienda. Una vez allí apareció el dueño.
En nada se diferenciaba de un mongol para nuestros ojos, pero supongo
que debe ser como para ellos diferenciar a un español de
un francés, o un irlandés.
Tenía algo de carne secando y queso y te de reno que nos
ofreció. El primero era muy suave y blando, mientras que
el té estaba algo fermentado. Varios renos se tumbaron en
la puerta a modo de perros guardianes mientras hablábamos
con nuestro anfitrión. Así, supimos que pasaba el
verano cerca del lago y con los primeros fríos volvía
al lago Tsatan, a unos 120 kilómetros de distancia.
Fue curioso descubrir cómo esta tribu es misteriosa y desconocida
incluso para los propios mongoles, ya que mientras estábamos
allí, dos grupos llegaron a modo de turistas y se hicieron
algunas fotos con los dóciles renos a quienes no importaba
que tocaras o montaras.
Descendiendo, nuestro guía nos confeso que tenía 61
años. En un descanso nos explicó los nombres y usos
de diversas plantas que crecían en el suelo del bosque y
de vez en cuenado cantaba una especie de versos improvisados sobre
nuestra visita y la belleza del entorno.
A mitad de camino el caballo de Reparaz se volvió a hartar
de él y lo tiró de nuevo al suelo, sin consecuencias,
por lo que volvió a ir “atado” hasta nuestra
vuelta. El cansancio comenzó a hacer mella también
en el de James, que no atendía a sus gestos y tan solo comía
y comía.
Finalmente, molidos, llegamos a nuestra tienda junto al lago, no
sin antes despedirnos de nuestro amigo mongol y toda su familia
con un buen tazón de maravillosos y fresco yogur de yak.
Pescar
sin caña en el Edén
Tras regresar de nuestra aventura con los caballos, James sacó
su caña y se puso a pescar. Ningún pez, a pesar de
que el lago está lleno y los mongoles no los consumen, parecía
querer probar la miga de pan o las polillas, que por millones, mueren
en esta época del año tras poner sus huevos o caer
al agua.
Comentábamos el silencio, la tranquilidad, lo maravilloso
que nos parecía, como viajeros, este edén. Entonces
unas ondas aparecieron en el aguas. Tal vez, tras perseverar, nuestro
amigo inglés iba a lograr hacerse con un habitante del lago.
Pero éste no hacía caso del cebo daba y vueltas y
vueltas. Reparaz se metió con cuidado y con sus manos saco
al pez del agua mientras el bueno de James no daba crédito
a lo que estaba viendo. Entre bromas comentamos que además
de lo increíble del lugar la comida venía a tus manos.
Bilga tardó menos de cinco minutos en limpiarlo, cocinarlo
y ofrecerlo en cómodos pinchos que por un día variaron
nuestra monótona dieta.
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