JAVA DE OESTE A ESTE

Era cerca de medianoche cuando el avión que había despegado en Singapur llegaba al Aeropuerto Internacional Soekarno-Hatta de Jakarta, la capital de Indonesia, situada en la más superpoblada de sus islas, Java.
Los indonesios y los pocos occidentales que no viajaban como turistas, comenzaron a hacer colas en el exterior, esperando a los taxis que los habrían de llevar a su hoteles y domicilios. Merodeaban por los alrededores los falsos taxistas, que por una cantidad, en principio más reducida, hacían el mismo trabajo que los oficiales. Pero la fama que sobre sus timos y a veces robos quedaba reflejada en las guías de viaje, me hizo desistir de su uso. Cuando finalmente me tocó el turno y fui conducido hasta el hotel en la ciudad, comprobé que el taxímetro marcaba una cifra inferior a lo que aquellos timadores del aeropuerto me pedían.
En aquella enorme urbe esperaba encontrarme, en un par de días y como habíamos planeado meses atrás, con Elena, que venía desde Madrid. Así pues, dedique el tiempo a actualizar el diario y a dar paseos por los alrededores de mi hotel, situado cerca de la zona centro de aquella megalópolis de más de 10 millones de habitantes.
El olor a gasolina mal quemada, los desperdicios podridos de la comida que los puestos callejeros (apenas unos carros pequeños equipados con cocina y un cristal tras el que se apiñaban fritangas de todo tipo), el calor, el intenso tráfico y el ruido no hacían de la ciudad un reclamo para el viajero que pretenda descubrir. En esta situación lo mejor era buscar un lugar medianamente tranquilo, en el que la comida sea gustosa y las bebidas estén frías y comprar un billete de tren para salir de la ciudad lo más rápido posible.
Sin apenas efectos derivados del jet lag, mi nueva compañera de viaje y yo emprendimos una búsqueda de los lugares más señalados de Jakarta, la antigua Batavia de los holandeses. No los encontramos. Si acaso el museo de marionetas de la plaza Taman Fatahillah que estaba siendo reformado en aquellos momentos, y la curiosidad de ver la parte del puerto en la que barcos de madera trasportan mercancías entre las innumerable islas del país, y eran cargados por los estibadores de manera manual.
En tren recorrimos la mitad de la isla de Java para llegar a la ciudad de Yogyakarta. Con un sultanato todavía vigente, se trata de uno de los principales destinos turísticos de la isla debido a las antiguas ruinas situadas en sus alrededores y que muestran el pasado hinduista de toda la región. Prambaban o Borobudur son los principales vestigios de este culto que fue poco a poco sustituido por el Islam a medida que los comerciantes árabes comenzaron a llegar a esta parte del mundo. En la actualidad, Indonesia es el país del mundo con un mayor número de musulmanes.
La alta inflación había hecho que los precios para los turistas fueran muy baratos, y hoteles con excelentes servicios se ofertaban por cantidades que cualquier viajero de bajo presupuesto podía permitirse. La comida era muy aceptable y destacaban frutas desconocidas en nuestras geografías.

Un cráter de 10 km
Siguiendo hacia el este por la isla de Java, decidimos visitar el parque nacional de Bromo-Tengger-Semeru. Se trata de una amplia extensión montañosa en la que se encuentran algunos de los volcanes más altos y activos de toda Indonesia. Debido a su fácil accesibilidad, el monte Bromo es el más conocido de ellos, por lo que incluso se designa a toda la extensión con este nombre. Se sitúa a una altura de 2.400 metros, y no deja de soltar bocanadas de azufre durante todo el día. Pero quizá, lo más espectacular es que este pico, junto con otros dos, se sitúa a su vez en el interior de un gigante cráter de 10 kilómetros de diámetro.
Desde las paredes del titánico volcán se divisa una caldera llana, cubierta ahora de arena, lo que en tiempos debió ser barro y tierra. A unos 3 kilómetros aparecen los tres picos, de los que solo uno, Bromo sigue activo.
Pero si el día está despejado, el visitante puede contemplar una gran torre de cenizas y humo que de cuando en cuando se eleva hacia el cielo y es arrastrada por los vientos. Se trata del Gungung Semeru, el volcán más alto de Java con 3676 metros. Su escalada está prohibida debido a su gran actividad. Llegar hasta su base desde nuestro albergue de Bromo costaba dos días, y tan impresionados como estábamos por la belleza descarnada de aquel paisaje marciano, decidimos omitir la visita y descansar un par de jornadas aprovechando el frescor que esa altura nos proporcionaba.
Todavía quedan en estas altitudes grupos de hinduistas fieles a sus creencias. Incluso en la gran caldera se sitúa uno de sus templos y los fieles depositan ofrendas de flores y comida a la caldera humeante del Bromo, hasta cuya cumbre se ha construido una escalinata.
La siguiente etapa nos habría de llevar, en un viaje de pesadilla de más de doce horas en autobús, hasta la vecina isla de Bali.