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MONGOLIA
EN LA MEMORIA
Tras abandonar las estribaciones del lago Hovsoll dirigimos nuestro
jeep hacia el sur, en busca, esta vez, de la capital de Mongolia.
Nuestra primera parada fue en Moron, una de las ciudades más
importantes sobre los mapas y que para nosotros nos parecía
más que un poblado provisional en el que tan sólo
se veían unos pocos edificios de ladrillo y cemento. Uno
de estos era el circo, ya abandonado, con una gran cúpula
que se divisaba desde lontananza y que de cerca se asemejaba a una
antiguo edificio público romano, bello a pesar de el abandono
y la decrepitud. Otro de los edificios era la discoteca de Moron.
Era un día de labor por la mañana y tan solo nos tomamos
unas cervezas y refrescos, pero imaginábamos a los rudos
mongoles bailando en aquel garito, lleno de posters con chicas ligeras
de ropa y que anunciaban cerveza coreana, una gran bola de luces
en el techo y una cabina de DJs.
Durante todo el día continuamos camino hasta que montamos
el campamento nuestros y tumbamos nuestros ya cansados cuerpos,
en las cercanías de Shine Ider. Se trata de uno de los paisajes
más espectaculares y típicamente, mongoles de los
que pudimos disfrutar. Había un riachuelo que describía
mil meandros debido a lo llano del terreno. Las marmotas invadían
la zona y se escondían en sus madrigueras cuando nos acercábamos
a fotografiarlas. Desde lo alto una pequeña montaña
nuestro campamento se hacía minúsculo y se veían
las tiendas de los nómadas, sus rebaños y varias tumbas
mongolas y turcomanas, aún sin excavar, correspondientes
a antiguos jefes y guerreros que dominaron estos territorios entre
los siglo VI y XIII.
Ya por la tarde noche se acercó un joven de 13 ó 14
años, vestido con su ropa tradicional en un pequeño
caballo mongol. Parecía sacado de una postal del siglo XIX.
Nos había divisado con una de las lentes de un antiguo prismático
soviético. 
Arhangai,
tierra de ladrones
Al día siguiente alcanzamos la provincia de Arhangai, que
según Bilga, nuestro guía, estaba llena de ladrones
y gente de poca confianza, aunque nosotros no tuvimos tiempo para
percatarnos de tal hecho.
Tras un nuevo día de jeep paramos en el lago Tsagaan, situado
en un parque nacional y a más de 2.500 metros de altitud.
Se trata de una zona volcánica en la que predominan los ovoos
de oraciones construidos con este material magmático, y también
algunos impresionantes volcanes cuyas últimas coladas fueron
expulsadas hace pocos cientos de años.
Como casi todas las noches, los lugareños que acampaban con
sus gers en las cercanías se personaron, esta vez solicitando
algo de gasolina. Nos ofrecieron queso de yak, parecido al de Burgos
pero más duro, y nosotros les correspondimos con varios libros
para colorear y pinturas.
Por la mañana Bilga nos comentó que la siguiente noche
la pasaríamos junto a unas fuentes termales. Llevábamos
varios días sin ducharnos y la idea se nos presentaba como
más que apetecible. Conforme pasaban las horas ya habíamos
descrito cien maneras de meternos al agua caliente y el rato que
pasaríamos dentro. Cuando faltaban unos pocos kilómetros
se lo cometamos a Bilga y este se rió. Resultaba que el agua
salía a 80ºC a la superficie... Pero tuvimos suerte.
El gobierno había preparado el lugar, en vista de un incipiente
futuro turismo, de tal forma que habían construido baños
japoneses y pudimos recuperarnos con el esperado baño termal
en medio de la nada mongola por el módico precio de 5 dólares.
La tormenta
de arena
Nos acercábamos a nuestro final, Ulan Bator. Antes visitamos
Mongol Eels, una franja de dunas de varias decenas de kilómetros
de largo pero de solo unos pocos cientos de ancho. Era lo que nos
faltaba para completar la diversidad paisajística del país.
Pero desafortunadamente se levantó un aire tremendo que provocó
una tormenta de arena de película y nos obligó a salir
pintado de allí y buscar otro lugar más tranquilo
para pasar nuestra última noche de nómadas, divisando
estrellas fugaces en el despejado cielo.
Tropezando
con Gengis Khan
Uno de los lugares más visitados por los turistas en Mongolia,
o tal vez uno de los pocos, es la antigua ciudad de Kkarakhorin
en la que pasamos una mañana. Fundada en 1220 por Gengis
Kan, tan sólo ostentó la capitalía mongola
durante 40 años, hasta que Kublai Kan, el emperador que fuera
visitado por Marco Polo, la trasladara a la actual Pekín.
Hoy en día, de aquel antiguo esplendor cultural y político
del siglo XIII tan sólo quedan los restos de las excavaciones
arqueológicas de algunas misiones europeas. También
existe un bonito monasterio, rodeado de stupas budistas, construido
sobre los restos de aquella urbe, pero que fue erigido en el siglo
XVI.
Tras el fin del comunismo a rebrotado la fe budista y el lugar ha
recuperado su primigenia y antigua función de cenobio y de
lugar de culto. En él se guardan y venden antigüedades
y también se conservan algunas de as pocas muestras de arte
religioso que se pueden visitar en todo el país.
Personajes
curiosos en un tren mongol
Nuestra
estancia en Mongolia tocaba a su fin. Tras cerca de dos semanas
de viaje por el interior del país dedicamos las dos últimas
jornadas a visitar algunos monumentos destacados de la ciudad así
como a darnos un homenaje gastronómico malgastando nuestros
togrok en unas pizzas estilo mongol.
Además de varios monasterios budistas, (uno de ellos con
una estatua de buda de más de 20 metros y otro con un monje
momificado) queríamos acudir al museo de historia natural
en el que se guarda una magnífica colección de meteoritos
y de restos de dinosaurios, sobre todo nidos; dos elementos por
los que este país es conocido mundialmente. Caminando por
las salas en una rápida visita conocimos a un vasco que vivía
en Corea del Sur, y que se quedó tan alucinado como nosotros
de encontrar a paisanos en un lugar tan perdido y recóndito.
James Everett, nuestro compañero inglés, había
pensado en seguir su camino visitando el sur del país en
otra excursión programada, pero sus fondos estaban realmente
al mínimo por lo que finalmente decidió acompañarnos
en el mismo tren que nos habría de sacar del país,
camino de la capital China.
De
nuevo estábamos en el camino, montados en un tren, esta vez
mongol, con destino a Erlian, la primera ciudad del territorio chino,
situada en la provincia de Mongolia Interior. Nada más encontrar
nuestro camarote comenzaron a aparecer los personajes curiosos que
iban y venían provocándonos la risa y grabando en
nuestra memoria algunos recuerdos eternos. Como aquel francés
cincuenton, vestido apenas con harapos, flaco a más no poder,
que olía a orines, pelo largo gris y sucio, al que le faltaban
más de la mitad de los dientes y que solo viaja con su idioma
materno como equipaje. Trato de dormir en nuestro camarote pero
el hedor era insoportable y tras pedirle el billete respiramos aliviados,
nunca mejor dicho, al saber que se había equivocado.
No menos curioso era el coreano que finalmente nos tocó de
compañero. Había estado un mes en Mongolia e iba a
Pekín por un tema de visado. Aunque este extremo lo adivinamos
al día siguiente, cuando el francés y él fueron
expulsados por no tener el visado chino en regla. Este coreano tan
solo nos invitaba a comer galletas, a ver su video, en el que había
grabado a un niño y la actuación de una famosa cantante
coreana en una aparición televisiva. De vez en cuando nos
enseñaba el pasaporte y decía: “Pisaa, mongolian
pissa”, a lo que Reparaz y yo nos mirábamos pensando
en una pizza de oveja como único ingrediente. Finalmente,
cuando fue era demasiado tarde, supimos que se refería a
la visa o visado y no a la pissa.
Casí al final de nuestro trayecto subieron a nuestro camarote
tres recias mongolas que se dirigían a Pekín para
hacer negocios, comprando mercancías y vendiéndolas
más caras en su propio país. Al parecer se trata de
una práctica muy común pues en la última localidad
mongola fueron decenas las personas que subieron al ferrocarril
con el mismo propósito.
Un taxi realmente económico
Una vez en Erlian cada uno debió buscarse la vida como mejor
pudo para llegar a Pekín, situada a unos 700 kilómetros.
Nosotros tres, junto con una pareja de australianos, decidimos alquilar
un taxi que nos llevara a Jinin, sita a mitad de camino de nuestro
común objetivo. La pelea y el regateo fueron arduos, pero
finalmente por unos 2,4 euros por persona lo logramos. El viaje
fue un poco pesado debido a que a Repa y a mi nos toco el peor sitio,
y nuestras piernas estuvieron a apunto de gangrenarse debido a la
presión y a la falta de movimiento. Por el camino descubrimos
lo fácil que es saltarse los peajes de las autopistas ya
que cuando le comunicamos a nuestro conductor nuestra nula intención
de ser nosotros quienes pagáramos aquel plus, éste
cogió un atajo por un camino de tierra y sorteando de esta
forma con éxito el peaje de la autopista. Unos cien kilómetros
más adelante volvió a plantearse la situación
cuando nos miró y con aquellos ojos nos dijo que quería
dinero para pagar el peaje o haría lo mismo. Nosotros nos
hicimos los locos y éste volvió a meterse por un camino...
pero esta vez el camino llevaba a un pueblo y en ese pueblo lleno
de jubilados chinos muy listos había barricadas por las calles
que sólo se habrían cuando el conductor desembolsaba
una cantidad de yuanes que a juicio de los aldeanos era suficiente
para pasar... esa barricada porque en total fueron tres las que
atravesamos y en las tres pequeños y viejos hombre s y mujeres
nos miraban con curiosidad mientras nuestro conductor juraba en
chino a la vez que se rascaba el bolsillo...
MUCHAS
MONGOLIAS
Antes de abandonar definitivamente Mongolia mantuvimos una interesante
conversación con Bolod, el dueño de la agencia con
la que habíamos hecho la excursión por el país.
Se trataba de un mongol de 45 años, con una amplísima
cultura, hablaba seis lenguas y un conocimiento del mundo digna
de cualquier analista político.
Él nos contó que los mongoles son más que los
actuales habitantes del país, unos 2.5 millones. A esos sumaba
los habitantes mongoles de la Mongolia Interior china, más
de 4 millones. Los tuva y buriatos en la muga con Rusia y los kalmikios
en una república junto al Caspio, restos del antiguo ejercito
de Ghengis Kan. En total suman unos 400.000. Además de los
Azara en Afganistán, varios millones, pero que tan solo conservan
una pequeña parte del vocabulario y su aspecto físico
similar con los mongoles de hoy, ya que incluso son de religión
musulmana de la rama Chií.. También hay comunidades
de emigrados en Francia y Estados Unidos. En total, sin contar a
los Azara, suman unos 8 millones de personas.
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